Paula Villalba

Publicista y voluntaria de 21Kilómetros

Voluntariado en la Residencia Loreto – Acompañamiento a mayores

Cuando me plantearon ir de voluntaria a la Residencia para Mayores Loreto, no lo dudé ni un minuto. Sabía perfectamente de qué se trataba, porque desde que era pequeña he tenido la oportunidad de convivir con personas mayores y sé lo fácil que puede resultar alegrarles la vida con pequeños detalles, como “sacrificar” unas horas del fin de semana para ir a visitarles.  

Mis abuelos vivieron hasta los noventa y tantos años, y recuerdo que su entretenimiento de esos findes eran las visitas y las partidas de cartas. Tanto es así que se volvieron unos verdaderos profesionales, la única manera de ganar era haciendo trampa, y a veces teníamos que recurrir a ello para darle un poquito de emoción al juego. 

Ahora mis tíos de 90 y 98 viven en una residencia y nuestras visitas suponen el romper con su monotonía. Y no solo la suya sino la de todas las personas con las que viven, que también necesitan cariño y atenciones. Cada vez que hago este tipo de voluntariados entro pensando en la ilusión que les va a hacer mi visita y en que mi papel es hacerles pasar un rato agradable. Pero a la salida me doy cuenta de que ellos acaban aportándome mucho más a mí de lo que yo he podido hacer por ellos en ese ratito, y salgo con una mentalidad totalmente diferente. Me doy cuenta de que me enseñan muchas cosas, comparten sus historias de cuando eran jóvenes, y me hacen participar de ellas. Me contagian la alegría y el agradecimiento de una simple pregunta “Antonia, ¿Cómo está su rodilla?”, y la gran sonrisa que se dibuja en su rostro simplemente porque alguien se preocupe desinteresadamente por su salud, me produce tanta ternura que me dan ganas de quedarme con ella toda la tarde.  

Durante el voluntariado del que participé con 21Kilómetros en la Residencia Loreto fui consciente de que aquella experiencia no solo fue gratificante para ellos sino también para cada uno de los voluntarios. Algunos aprendimos a jugar al dominó, otros encontraron una pareja de baile con la que alegrar el día al personal con un par de pasos inventados que intentaban parecerse a unas sevillanas. Y aunque la vejez es difícil y parece que las ilusiones son pocas, una simple caricia, una sonrisa, un gesto cariñoso o un “¿cómo te encuentras?” pueden devolverles las ganas de vivir y de disfrutar, aunque sea por un ratito.  

Me llena de alegría ver sus caras de felicidad cuando entramos por la puerta, es una experiencia que además de ser sorprendentemente divertida, reconforta el alma. Y creo que es algo necesario. Porque los jóvenes, entre los que me incluyo, a veces somos un poco egoístas con nuestro tiempo y no nos damos verdadera cuenta de la falta que le hacemos al mundo y a las personas que conviven con nosotros.  

Es una experiencia inolvidable a un precio muy pequeño, tan solo basta con un poquito de nuestro tiempo y unas pocas ganas de sacar una sonrisa. Una oportunidad perfecta para salir de ti mismo y dar lo mejor de ti a quienes más lo necesitan, porque la soledad puede llegar a ser muy dura. Que te transforma por dentro, te enseña a ser más generoso y a comprender el significado de la palabra amar, que como bien decía San Juan Pablo II “Es esencialmente darse a los demás”.  

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