Pablo Sanz Martín

Mago y voluntario de 21Kilómetros

Voluntariado en el Centro Penitenciario de Valdemoro

La mayoría de las personas tienen muy claro que durante la última semana antes de exámenes finales lo más apropiado es estudiar, y que cualquier actividad que les robe más de una hora será perjudicial para dichos exámenes. Esas personas tienen razón. Por desgracia yo no soy una de esas personas.
A cambio, me gustaría poder decir que soy un San Francisco moderno, o que sigo los pasos de Teresa de Calcuta, pero me temo que lamentablemente estoy muy lejos también de tales ideales.

La realidad es que mi cabeza no está muy bien configurada, por lo que sería complicado establecer hasta qué punto soy despistado y hasta qué punto irresponsable. Por ello, y no por motivos más elevados, no se me ocurrió negarme a la propuesta de Carmen: ¿magia el 4 de febrero? ¿Niños en una cárcel? “No se hable más, allí estaré.”

Debo reconocer que ni siquiera se me ocurrió comprobar la fecha de los exámenes cuando accedí, que por cierto empezaban cuatro días después. Tampoco cuando, para probar los juegos que haría en la cárcel, accedí también a ir dos días antes al hospital. Así que los exámenes mal, pero no he venido aquí a hablar de eso, así que comenzaré por el principio.

Lo que valoré cuando Carmen me escribió es el poco voluntariado que había hecho en mi vida. No niego que siempre me han asaltado ciertos remordimientos por ello, pero estoy convencido de que ayudo más —o espero hacerlo—mediante otros esfuerzos. Así, ese pequeño remordimiento, mayor a la luz de mi fe, se unía a una certeza: necesitaba hacer un poco más, quizá solo para callar esa voz, quizá porque sabía que yo mismo lo necesitaba.
También valoré algo más: ¿por qué había aprendido a hacer magia en realidad? ¿Qué me había movido a ello años atrás, aparte de lo que me aportaba personalmente? Y sinceramente la respuesta era, sencillamente, contribuir a la felicidad temporal de quienes la disfrutaran. Así que si había algo que siempre había querido hacer era magia para otros, magia gratis, magia porque sí. Solo había dos problemas que me lo habían impedido: el miedo al fracaso, y los niños. Como hermano y primo mayor de una familia numerosa, siempre he estado a cargo de los pequeños, y me encanta, pero hacer magia a niños es otra historia.
Por eso siempre había retrasado el momento ante otras ofertas recibidas, y por alguna razón cuando oí la propuesta, en el peor momento posible del año, accedí. Sabía que de lo contrario nunca lo haría.

Comencé a ensayar y probar cosas nuevas, a añadir juegos, puse todo—y a todos—patas arriba para encontrar el material necesario, incluyendo un cactus, asistí a la primera reunión durante la San Silvestre, después al mencionado hospital el día 2 y el día 4 a la cárcel.

Fue una experiencia un tanto surrealista, alejada de la realidad de cualquier persona normal. Fue también—al menos el espectáculo— un absoluto caos, y por lo tanto lo disfrute como los propios niños. Pero sobre todo fue ilusionante. Y fue ilusionante pese a que la realidad me golpeaba desde el principio, ante cada compuerta de rejas que se abría y cerraba a nuestro paso: aquello era una cárcel, y los niños que veríamos tenían allí a sus familiares, padres normalmente.

Así que quiero creer que el tiempo invertido valió la pena. No: lo sé con certeza. Porque desde que llegó el primer niño y comenzó todo, hasta que se fue el último, con los problemas de micrófono, con los cinco voluntarios que subían cuando pedía uno, con el truco que salió mal… y con tantas otras cosas, la prisión se diluyó. Podía verse en sus caras, en su forma de correr, de reírse: eran niños absolutamente normales, niños estupendos que por desgracia no podían disfrutar de tantas cosas que a otros no nos han faltado. Podía verse en sus madres, en sus padres, los propios presos, que sonreían con verdadera alegría y mostraban su agradecimiento.
Conseguir hacer algo así, eso es para mí la magia, y eso es lo que lograron Carmen y Bea, y el resto de mis compañeros.

Fue un día loco e impredecible, completo, agotador, pero fue un día verdaderamente hermoso y satisfactorio. Uno de esos días en que sabes que hasta el último segundo de tu tiempo lo has invertido adecuadamente en algo que verdaderamente merece la pena.

En fin… Es difícil hablar de todo esto sin que parezca un tópico: “ganamos más de lo que damos”, “hay que ser solidario”, “hagamos felices a los demás”, “compartir es vivir”… Entiendo que desde fuera pueda verse así, a veces yo mismo lo he visto así: una repetición de eslóganes, aún sabiendo que era cierto. Supongo que lo que hace falta es experimentarlo uno mismo, para apreciar el color que pinta esas frases cuando se dicen con sinceridad, tras haberlas vivido. Porque sí, en el fondo son frases repetitivas, como lo son los abrazos de un amigo, los besos que dan los padres a sus hijos, o los hijos a sus padres; ¿a alguien se le hacen repetitivos los besos de su pareja? Del mismo modo que todo esto no pierde valor por más que se insista en ello, tampoco lo otro. Pero esas cosas hay que sentirlas.
Así que si tengo que decirte algo, ya sea aquí, con 21 kilómetros, en la India o en plena Gran Vía con quien sea, lánzate, anímate, aunque tengas mañana mismo las oposiciones: vale la pena.

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