Miguel Gutiérrez Pérez

Periodista y voluntario de 21Kilómetros

Voluntariado en la Cárcel de Valdemoro – I Partido de Fútbol Sala

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. ¿Quién me iba a decir a mí que acabaría pisando una cárcel, que jugaría al fútbol con presos, y que tendría ganas de repetir cuanto antes? La vida te sorprende.

Hará cosa de un mes cuando me llegó el mensajito de 21 kilómetros proponiendo este plan. A pesar de lo original y novedoso del mismo, y curioso por supuesto, pues no se va a la cárcel todos los días, me apunté sin pensármelo mucho. También es cierto que  conté con la inestimable presión de Carlos García que se apunta hasta a un bombardeo y arrastra a todo el que pilla por medio.

Una vez había procesado lo que acababa de hacer, me pregunté: ¿por qué me meto en estos ‘fregaos’? Ir a jugar a la cárcel contra unos presos… Los prejuicios me asaltaron: “nos van a mandar al hospital, no va a ser un voluntariado agradable”. Sin embargo, como vengo diciendo, la vida da muchas y grandes sorpresas.

El día llegó, con madrugón y larga espera incluida. El gran Gabi Fuentes había salido la noche anterior y se tomó su tiempo para llegar al punto de partida de la expedición. Pero a pesar de ello, solo llegamos cinco minutos tarde al Centro Penitenciario III de Valdemoro. Sí, el nombre ya acongojaba de por sí.

Al llegar al lugar, me percaté de que a todos nos comía la incertidumbre: ¿cómo serán nuestros rivales? Había cierto respeto por las malas connotaciones de la palabra ‘preso’. Conforme avanzábamos por el complejo penitenciario, nos íbamos dando cuenta de dónde nos encontrábamos. Vallas con alambre, puertas de seguridad de enorme grosor, controles de seguridad por doquier… Aquello parecía Prison Break. La tensión crecía con cada paso al no saber lo que nos esperaba.

A pesar de todo, las apariencias engañan y al saltar al campo todo cambió. Nos encontramos con unos rivales que jugaban limpio, deportivamente y muy bien al fútbol. De la incertidumbre y el respeto inicial, pasamos a la tranquilidad y comodidad. Eso sí, nos dieron un baño futbolístico y físico de aúpa.

Los reclusos no eran temibles ni despiadados como imaginábamos, nada más lejos de la realidad. De hecho, eran gente normal, como tú y como yo. Gente que estaba muy agradecida por nuestra visita, gente que nos recibió con su mejor sonrisa. Cuando te llevas una sorpresa tan grande, te das cuenta de los perniciosos que son los prejuicios y los estereotipos pues nada tienen que ver con la realidad.

Fue un voluntariado muy gratificante pues me di cuenta de lo sencillo que es alegrarle el día a los demás. Un simple partidito de fútbol significaba para ellos el hito del mes, según me comentó uno de los presidiarios. Tras el partido, nos tomamos unos refrescos y un aperitivo con ellos, y ahí fue donde me terminaron de convencer para volver. Gente que, a pesar de los errores cometidos, son  corrientes y se portaron de diez con nosotros. Hay que repetir, y dejar que la vida nos vuelva a sorprender.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *