Javier Garrido Santana

Periodista y voluntario de 21Kilómetros

Voluntariado en la Cárcel de Valdemoro – I Partido de Fútbol Sala

Ha pasado casi una semana y todavía no se me va de la cabeza. Es de estas cosas que cuando te lo proponen por vez primera se tiene una sensación entre miedo, curiosidad, desconcierto y ganas de lanzarte al vacío. Todo se debe a que el pasado sábado acudí a un voluntariado muy especial. Atrás dejo sensaciones, historias que contar e infinidad de reflexiones, de las cuales solo estas breves líneas pretenden ser un atisbo de un testimonio de alguien cuya vocación es contar las historias de aquellos que no tienen voz. Y que agradece esta oportunidad para que, al menos, por una vez, la voz sea la suya.

Pero empecemos por el principio. Lo primero que leo cuando me llega el mensaje de Carmen es que la cosa va de jugar al fútbol sala. Hasta ahí la cosa va bien. No importa el cuándo, cómo, dónde o con quién, normalmente siempre tengo ganas de saltar al campo y disputar un partido. Aunque en este caso, fue el “contra quién” lo que me hizo dudar, y lo que creo que nos hizo dudar un poco a todos.

Desde que la palabra ‘reclusos’ apareció en el difundido de whatsapp, un halo de incertidumbre se cernió sobre mi imaginación. Debo confesar que me costó varios días dar el paso. Siempre he sido una persona inquieta con un gran afán de sumarse a todo, y este voluntariado era una de esas experiencias que no se podían dejar pasar. Sabía que si no iba me acabaría arrepintiendo enormemente.

Aún con todo a favor, la impresión que le viene a la cabeza a cualquier ciudadano medio cuando le mencionan la palabra ‘cárcel’ no suele ser muy positiva. La mayoría solo habíamos visto una prisión desde fuera o en las películas, y teníamos una imagen pésima e irreal del concepto. Y encima fútbol. Sí, fútbol, con reclusos más fuertes que Rocky y que juegan 24/7. Parecía que la enfermería de la cárcel iba a hacer horas extra con nosotros… o eso queríamos pensar.

Al llegar el día, el ansia y los nervios se palpaban en el aire. Me presentaron a mis compañeros de equipo. A la mayoría los conocí ese mismo día, y de todos quiero creer que me llevé un buen recuerdo. Nos adentramos en los coches, y al llegar a la cárcel de Valdemoro, una tensa espera a la entrada del control de seguridad solo se veía compensada por el buen ambiente entre nosotros.

Guiados por el capellán nos adentramos en el recinto penitenciario. Fuimos pasando los controles mientras la realidad paralela que se nos presentaba imponía a cada paso. Un doble muro de 8 metros con alambradas, varias puertas que se abrían desde controles activados por funcionarios enjaulados tras unos barrotes y un cristal reforzado, unos pasillos inmensos llenos de cámaras… Y por fin llegamos al campo. Los reclusos nos esperaban.

Nos preparamos para jugar. Entre el miedo inicial, y el desconocimiento de la manera de juego de cada uno, los primeros compases fueron un caos. El devenir de los acontecimientos provocó que fuéramos rotando constantemente en lugar de tener dos equipos. El rival, más experimentado y con mucho más físico y táctica, nos ahogaba con su juego. Pero del infierno preconcebido solo quedó respeto, fútbol, ganas y lucha. Aunque salimos de nuestras casas para entrar en otra dimensión, parece que los dos mundos se volvieron uno en el campo. No era un partido de presos contra voluntarios. Era un partido de personas contra personas, hombres contra hombres.  Nos dejábamos por igual la piel en el campo. Unos jugaban mejor que otros pero todos en el mismo campo, como la vida misma, y el resultado era lo de menos.

Pese a que perdimos todos los partidos, las sensaciones que me quedan son inmejorables. Es flipante cómo cambia la percepción de las personas en milésimas de segundo. Creo que la mayor recompensa para los presos, a parte del ratito para charlar que tuvimos todos después, fue el trasladarles por unos momentos fuera de las paredes de la cárcel. Pudieron sentirse libres por un tiempo. Es lo que tiene la magia del fútbol.

No sé si alguna vez has tenido esa extraña sensación, cuando una parte de ti se desprende y se queda en forma de recuerdo y de emoción perenne. Creo que algo de todos nosotros se ha quedado allí. Sin saber cómo o porqué, solo sé que permanece. Es esa sensación la que perdura en mí, y la que me ha animado a escribir estas palabras.

Al principio hablaba de dar un atisbo del testimonio. Pues al llegar al final del mismo, tengo que pedir disculpas porque mi voz se ha quebrado. Las palabras son insuficientes para expresar un todo. Expresarse de corazón duele, pesa, cuesta y a veces se hace insoportable. Lo mismo sucede con darse a los demás. Puede no apetecer, puede ser tedioso, aburrido y muchas veces no compensado. Pero si nos quedamos contemplando solo lo que cuesta o los inconvenientes de las cosas, no llegaremos a lo más importante del vivir, que es disfrutar y ser feliz con la entrega.

Yo entré en la cárcel con poca confianza, con miedo, con ganas y con una enorme curiosidad, pero tengo que confesar que sin grandes intenciones… Y salí siendo otro. Por ocasiones como esta, vale la pena entregarse al prójimo del que hablaba Cristo. Solo espero que tú, amigo lector, si has llegado hasta el final, te animes a dar el salto. Porque las experiencias de verdad hay que vivirlas.

2 opiniones en “”

  1. Destacado testimonio. Gracias a este tipo de acciones los estigmas se disipan. No todos los presos son iguales y como personas, merecen también la oportunidad de cambio.
    Bravo Javier, cristiano que da ejemplo actuando.

    1. ¡Muchas gracias por tu comentario Almudena! No podríamos estar más de acuerdo contigo. Precisamente es esa la labor que pretendemos llevar a cabo a través de las distintas iniciativas que promovemos desde 21Kilómetros; dignificar a todas las personas sin importar su condición, y cambiar el mundo a través de nuestro ejemplo. ¡Nos encantaría contar contigo para el próximo voluntariado y que pudieras vivir esta experiencia!

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